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LA REVOLUCIÓN MUNDIAL AMÉRICA EN CRISIS

07 de febrero de 2026

En la introducción de este segundo encuentro, el P. Giulio Albanese exploró la visión de Isaías sobre el reino de Judá y Jerusalén, destacando la utopía y la hegemonía. La visión comienza con el concepto del «fin de los tiempos», que representa la hegemonía como el fin de la historia, donde las personas siguen al hegemón no por imposición, sino por la convicción de que actúan por su propio bien. El hegemón, mediante el uso de la fuerza, elimina la guerra y establece una paz similar a la Pax Romana, convirtiéndose en árbitro entre los pueblos e imponiendo su ley.

La paz como horizonte de un nuevo multilateralismo

Hoy, la Iglesia en Estados Unidos reflexiona sobre los fundamentos morales de la política exterior estadounidense, planteando interrogantes sobre el uso de la fuerza y la paz en contextos complejos como Venezuela, Groenlandia y Ucrania. Los cardenales de Chicago, Washington y Newark destacan la polarización entre el interés nacional y el bien común, enfatizando que una paz duradera no puede surgir de políticas basadas en la fuerza. Recuerdan las palabras del papa León XIV sobre la necesidad de una diplomacia de diálogo en lugar de guerra, y proponen un multilateralismo reformado, como lo enfatizó el papa Francisco, para abordar las desigualdades globales mediante la cooperación ética. El llamamiento de los cardenales se centra en la cooperación por el bien común y la dignidad humana, criticando las políticas aislacionistas y promoviendo una cultura de paz basada en los valores de la fraternidad y la justicia.

El doctor Giuseppe De Ruvo (Limes) explicó América en crisis

El declive del sueño americano se manifiesta en la pérdida del papel misionero de Estados Unidos, que antaño buscaba difundir la libertad y la democracia por todo el mundo. Con el fin de la Guerra Fría, la visión de Fukuyama del «fin de la historia» se desvaneció, revelando que no es posible convertir a todos al estilo de vida americano. Estados Unidos se ha replegado en intereses materiales, enfrentando una crisis de identidad ligada a su pasado hegemónico, ahora amenazado por los altos costos y una globalización que ha llevado a la deslocalización y la desindustrialización. Estos cambios han generado tensiones socioeconómicas, particularmente en el Medio Oeste, que ha experimentado empobrecimiento y un aumento de los problemas sociales, marcando el fin del sueño americano. La crisis de identidad. Cabe preguntarse por qué las tensiones actuales no desembocan en una lucha de clases. La clave reside en la polarización de las identidades que divide a la población, siendo el principal conflicto qué significa ser «estadounidense». Ante el fracaso de la globalización, las respuestas a esta pregunta son múltiples y, a menudo, excluyentes. El enemigo percibido es el vecino con opiniones diferentes, no las potencias extranjeras. La polarización política también afecta a los matrimonios, ya que solo el 6% de estos se dan entre cónyuges de diferentes orientaciones políticas.

Las generaciones más jóvenes ya no ven a Estados Unidos como el mejor país y están desilusionadas con los valores tradicionales. La adhesión a estos valores ha disminuido del 60% al 40%, con un descenso continuo entre los jóvenes. La soledad está creciendo, al igual que la importancia del dinero, vinculada a los altos niveles de deuda. El repliegue de Estados Unidos refleja una tendencia al aislamiento, buscando mantener una influencia exclusiva en el hemisferio occidental para evitar crisis internas. La política exterior se ve influenciada por la crisis interna y la necesidad de reindustrialización. El despido de periodistas del Washington Post indica un mayor enfoque en los asuntos internos. Esta decisión legitima a otros países para definir sus propias esferas de influencia. La tensión cultural crece, y la identidad estadounidense, históricamente diversa, se enfrenta a las políticas identitarias de diversos grupos. La incapacidad de sintetizar genera conflictos sobre lo que significa ser «estadounidense». La revolución de Trump es como intentar transformar un crisol de culturas en un pastel de manzana estadounidense, utilizando el poder estatal como una superlicuadora. Los ideales estadounidenses siempre han sido como aire fresco: ¡para todos! Pero aquí está su plan doble: primero, reindustrializar el país con una pizca de magia digital. Y aquí viene Groenlandia, una especie de llave secreta: rica en recursos tecnológicos, agua abundante y una ubicación perfecta para vigilar los misiles rusos y chinos, por no mencionar las nuevas rutas árticas que han surgido con el calentamiento global. ¿El segundo truco? Crear una especie de manual de identidad estadounidense; de ahí el afán del ICE por devolver a casa a los migrantes, considerados fuera de los parámetros nacionales.

 

El desmantelamiento del Estado. En su intento por construir una nación, Trump está desmantelando las estructuras estatales. Sus aliados tecnológicos, concretamente los ejecutivos de las grandes empresas tecnológicas, ocupan una posición central en el proyecto, gracias al papel que pueden desempeñar en la reindustrialización del país. Sin embargo, al favorecer y promover a estos actores privados, el Estado está delegando funciones públicas a entidades privadas. Se trata de un proceso sin precedentes, caracterizado por una especie de despolitización, en el que se actúa en presencia del Estado sin pasar por él. Un ejemplo destacado es Palantir Technologies, fundada por Peter Thiel, principal financista de Trump, y Alex Karp, que desarrolla algoritmos para la seguridad interna. Palantir colabora con el Ejército, la Fuerza Aérea, el Comando de Operaciones Especiales y el ICE, entre otros. Otros actores importantes incluyen Space X de Elon Musk, que alcanzó el 51% de los lanzamientos orbitales en 2025, superando el 2% de la NASA, y Anduril Industries, una empresa privada de defensa de alta tecnología.

Las grandes tecnológicas son fundamentales para el plan de Trump por tres razones: su experiencia superior a la de las empresas estatales, su capacidad para crear una identidad colectiva y su liderazgo en sectores estratégicos, contribuyendo así al impulso de la manufactura. Cada año, reciben un total de 22 000 millones de dólares de los contribuyentes a través de contratos gubernamentales. Por lo tanto, no sorprende que sus principales ejecutivos ocupen puestos influyentes dentro del aparato estatal. Además, para mantener cierto nivel de control sobre las grandes tecnológicas, Trump no se apoya en la autoridad pública, sino en la influencia financiera informal de su familia, creando una conexión que opera independientemente del Estado y manifiesta un componente de privatización. En lugar de ejercer control político sobre el proceso de delegación de poder a las Grandes Tecnológicas, el enfoque parece ser fomentar su expansión. De esta manera, el poder logra eludir las estructuras públicas y las instituciones democráticas. Este fenómeno se manifiesta mediante el uso de apalancamiento financiero, como fondos de inversión —por ejemplo, el fondo emiratí MGX, que financia OpenAI y Oracle— y grandes proyectos inmobiliarios que inyectan liquidez al sistema. Además, se está creando una red de poder e influencia, como 1789 Capital, que reúne a empresas, medios de comunicación y organizaciones políticas vinculadas al movimiento America First, liderado por el hijo de Trump, Donald Jr.