Vi una paz desarmada, pero, por desgracia, ¡no una paz que desarma!
«Señor, ¿tiene algún cómic o un libro infantil?», pregunta Charbel a un trabajador humanitario de Cáritas Líbano. Este niño de siete años sigue viviendo en Rmeich con su familia, a pesar de los terribles bombardeos y los violentos combates. En efecto, en estas aldeas fronterizas devastadas por los bombardeos y la destrucción, la familia de Charbel —al igual que muchas otras familias cristianas— vive una tragedia silenciosa y un drama humano. Se han negado a marcharse porque saben que, el día que abandonen su aldea, esta quedará completamente arrasada: sus casas serán minadas, la iglesia centenaria quedará destrozada y sus tierras, calcinadas. Han decidido quedarse, resistir pacíficamente y aferrarse a su fe en Jesucristo. Viven aislados del resto del país, sin hospitales, centros de salud, tiendas, electricidad ni Internet… ¡pero nada puede mermar la determinación de estos hombres, mujeres e incluso niños!. Para ellos, la tierra no es solo un lugar de residencia; es un legado transmitido de generación en generación, una memoria viva forjada por las oraciones, las tradiciones, los sacrificios y la sangre de los antepasados. Cada piedra, cada olivo y cada campanario cuenta una historia de fidelidad y de profundas raíces. Su valentía es admirable, su testimonio es extraordinario y su fe evoca el Salmo 46: «Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, un auxilio siempre presente en los momentos de angustia. Por eso no tememos, aunque la tierra tiemble y las montañas se desplomen en las profundidades del mar»… ¡Un verdadero símbolo de resistencia espiritual pacífica y de la fuerza de la esperanza! En sus ojos se puede leer la determinación de proteger un patrimonio humano y religioso que trasciende su propia existencia, pero también de salvaguardar su humanidad, de evitar sucumbir a la violencia y de no dejarse vencer por el desaliento y el miedo.
Estos libaneses libran una lucha cotidiana —sin armas, municiones ni misiles—; la suya es una lucha por la dignidad humana, por el arraigo a la tierra y por la fidelidad a una fe que los guía a través de los «valles de muerte» (Salmo 23), iluminando los momentos más oscuros de su existencia. Entre las ruinas, permanecen como guardianes de la esperanza y de una presencia sagrada. Perseveran, pero necesitan nuestra solidaridad; carecen de todo: agua potable, alimentos, artículos de primera necesidad, kits de higiene, atención médica y medicamentos. La situación en el Líbano exige una movilización de la conciencia internacional. Tras las cifras y estadísticas se esconden rostros angustiados, sueños rotos y generaciones cuyo futuro depende de la esperanza de recuperar la paz. Ahora más que nunca, debemos apoyar a los civiles inocentes que perecen injustamente en el altar de los cálculos económicos y políticos de las grandes potencias ¡Solidaricémonos con nuestros hermanos y hermanas libaneses! ¡Apoyemos su lucha por una paz desarmada y capaz de desarmar; respaldemos su esperanza y su perseverancia!

